miércoles, 29 de marzo de 2017

Victoria Ocampo: Paul Valéry y El cementerio marino

PAUL VALÉRY
EL CEMENTERIO MARINO

La Nouvelle Revue Française ha juzgado oportuno encabezar el pequeño volumen en que el profesor Gustave Cohén explica el famoso poema de Valéry con una fotografía del cementerio de Sète, ciudad natal del poeta. Vemos pinos, tumbas, rejas, en el fondo el mar (el Mediterráneo) y el cielo. Pero lo que nos conmueve en esta fotografía es justamente lo que ella no nos muestra. En efecto, en cuanto se la mira con bastante detenimiento como para vencer su belleza de tarjeta postal, nos sorprende. El cementerio de Sète deja de ser el cementerio de Sète, en Hérault, Languedoc: es el cementerio marino de Valéry, en nosotros. Esas tumbas, esos pinos, esas rejas, ese mar, ese cielo no son pura mise-en-scène. Son también protagonistas, y se animan hasta el punto de re-crear en nosotros el sueño del poeta.

De este sueño, en cuanto sueño, ¿qué nos dice Valéry mismo? “La verdadera condición de un verdadero poeta es lo que hay de más distinto del estado de sueño. Sólo veo en ella buscas voluntarias, flexibilizaciones de los pensamientos, consentimiento del alma a exquisitas molestias, y el perpetuo triunfo del sacrificio. Precisamente aquél que quiere escribir su sueño tiene que estarse infinitamente despierto”.

Estaría tentada de recomendar a los que deseen entrar en el sueño de Valéry-poeta, la misma puerta que él abre para salir de ese sueño. Casi diría que no hay otra.

Es perfectamente exacto que el que quiere escribir su sueño debe estarse infinitamente despierto. Pero no menos infinitamente despierto debe estarse el que pretende rehacer ese sueño, etapa por etapa, siguiendo al poeta (*).

Lector y poeta deben recorrer el mismo camino, pero a la inversa. No llega a penetrar plenamente en el sueño del poeta sino el lector que comienza por estarse infinitamente despierto a las intenciones del poeta.

Valéry ha declarado que no puede quejarse del menor silencio en torno a sus escritos. “Estoy acostumbrado —dice— a ser elucidado, disecado, empobrecido, enriquecido, exaltado y estropeado, hasta no saber más, yo mismo, cuál soy, o de quién se habla...”

Y termina el prólogo del Ensayo de explicación del Cementerio marino, por Gustave Cohen, con estas palabras: “en cuanto a la interpretación de la letra, ya me he explicado sobre este punto en otro lugar, pero nunca se habrá insistido bastante en que no hay sentido verdadero de un texto. No hay autoridad del autor. Sea como sea lo que haya querido decir, ha escrito lo que ha escrito. Una vez publicado, un texto es como un aparato del que cada cual puede servirse a su manera y según sus medios: no es seguro que el constructor lo use mejor que cualquiera otro”.

Como vemos, Valéry deja “carte blanche” a los comentadores. Reconocemos en esto uno de los rasgos de su cordura habitual. Los comentadores sólo pueden comentar a su imagen y semejanza... que no siempre coincide con la del autor comentado.

Valéry conviene en que su obra es una partitura que él no puede oír sino ejecutada por el alma y el espíritu de los demás. 

Para explicar el Cimetière marin me apoyaré en un intérprete —Gustave Cohén— que satisface al poeta y cuya interpretación concuerda con mi propia visión de la obra. Al analizar el poema, resumiré lo esencial de esta interpretación.

El Cementerio marino, publicado por primera vez en la Nouvelle Revue Française en febrero de 1929 (y que desencadenó una verdadera ofensiva de comentarios) está escrito en versos de 10 sílabas y dividido en 24 sextinas. Las sextinas empiezan regularmente por dos rimas femeninas seguidas de una rima masculina, luego de dos nuevas rimas femeninas y de una terminación masculina. El encanto gris de las e mudas, que son toda la dulzura, todo lo indeterminado en que se hunden las rimas femeninas en el verso francés, se resuelve en este poema de Valéry en precisión fulgurante. Precisión fulgurante de las dos rimas masculinas, la primera de las cuales cae neta, fuerte, entre las cuatro rimas femeninas, mientras la segunda se aprieta como un nudo corredizo al final de la estrofa.

Oigamos lo que Valéry cuenta a propósito del nacimiento del poema: “Nació, como la mayoría de mis poemas, de la presencia inesperada, en mi espíritu, de cierto ritmo...

En cuanto al contenido del poema, está hecho de recuerdos de mi ciudad natal. Es casi el único de mis poemas en que he puesto algo de mi propia vida.

Ese cementerio marino existe. Domina el mar sobre el cual se ven, como palomas, vagar, picotear las barcas de pesca”.

Agrega que las condiciones en que concibió el poema exigían que fuera “un monólogo de ‘yo’ (entre comillas) en que los temas más simples y más constantes de mi vida afectiva e intelectual, tal como se habían impuesto a mi adolescencia y asociado al mar y a la luz de cierto lugar de la costa del Mediterráneo, fuesen llamados, urdidos, contrapuestos...” “Todo esto llevaba —añade el poeta— a la muerte y tocaba al pensamiento puro. (El metro elegido, de diez sílabas, tiene cierta relación con el verso dantesco)”.

En las admirables páginas sobre Eureka, de Poe, Valéry se queja de que la poesía francesa “ignore o incluso tema todo lo épico y lo patético del intelecto”. Todo lo épico y lo patético del intelecto está concentrado en el Cementerio marino. Este poema es el drama del intelecto, del intelecto calentado al rojo, que se cuaja en lirismo, que brota —hecho polvo— de la roca, como una ola en delirio: de délires douée.


¡El mar! Con él empieza el poema. El techo tranquilo en que caminan palomas, es él. Vuelve a cada rato, recomenzado siempre, en el poema; ya en calma, ya agitado. Pero este mar que canta Valéry se vuelve, desde la tercera estrofa, símbolo del alma, símbolo del ser humano, de la humana movilidad. También en el hombre el techo ondulado, centelleante del pensamiento oculta un abismo obscuro e insondable, se asienta sobre profundidades de las que sólo nos llega el eco. No olvidemos que Valéry está obsesionado por la certidumbre de que “el más profundo de nuestros pensamientos está dentro de esas condiciones invencibles que hacen que todo pensamiento sea superficial”. De ahí, en mi sentir, su insistencia en la palabra techo. Para ver el centelleo del mar, su techo, hay que ascender a su superficie... es decir, hay que salirse de las profundidades.

Junto al mar, que aún en calma palpita, que es todo movilidad como nosotros, el Mediodía justo, el mediodía sin movimiento: símbolo de la eternidad, de la nada, del no ser. El poeta está como disuelto en la luz que cae a plomo del cielo. Esta luz reflejada por las aguas se le aparece como ofrenda suya a los dioses. Siente deseos de dejar que su conciencia se deshaga en el Mediodía sin movimiento, en lo eterno, en lo absoluto. Siente deseos de dejarse invadir por un sueño que sería como un modo de conocimiento... pues el sueño es saber.

En la quinta estrofa el tema de lo efímero, de lo inestable en el ser consciente se aborda en versos de hermosura perfecta. Aquí la mortalidad del alma se canta, se gusta de antemano... “como la fruta que se funde en goce en una boca en que su forma muere”. Aquí el gran cambio que cierra la vida es como aspirado en el aire… El poeta está orgulloso de saberse y aceptarse efímero, sin amargura.

Las estrofas sexta, séptima y octava son biográficas, según propia confesión del autor. Subrayan más fuertemente aún la idea de cambio. Gustave Cohen las glosa diciendo: “el hombre es movilidad y debe serlo”. Cita a este propósito el pensamiento de Pascal: “nuestra naturaleza está en el movimiento; el reposo absoluto es la muerte”.

El poeta, después de “tanto orgullo”, después de un ocio fecundo, ya que lo siente lleno de poder latente, después de tantos años en que se encerró en el silencio, parece descubrir su propia sombra, inclinarse hacia esa adusta mitad de sí mismo que le recuerda que es materia, sin la cual su espíritu no podría manifestarse. El poeta se aclimata a su adusta mitad de sombra que la luz no atraviesa. El poeta se acerca a sí mismo en puntas de pies, se asoma a sí mismo, se esfuerza por asistir al instante en que sus pensamientos lleguen a flor de conciencia como glóbulos de aire a la superficie de un líquido. Acecha el instante inasible en que “el eco de su grandeza interna” tomará la longitud de onda que sus sentidos pueden captar.
En la novena estrofa, el poeta se dirige al mar como a un doble de su propia conciencia... A ese mar que entrevé a través del follaje, a través de las rejas del cementerio y cuya ardiente reverberación atraviesa sus párpados cerrados. Le habla de los muertos, de sus muertos.

En las estrofas que siguen la meditación sobre este tema continúa. El poeta ruega al mar fiel que duerme sobre sus tumbas, ordena a esa perra espléndida que aleje al idólatra. No admite que las prudentes palomas, los sueños vanos, los ángeles curiosos (símbolos de vida ultraterrestre) vengan a alterar el tono de sus pensamientos. Los rechaza.

Pero en la estrofa duodécima se hace sentir una tentación mucho más fuerte. La nada se le aparece dulce al poeta, y su inmensa pereza lo atrae. El nirvana, la zambullida definitiva en no sé qué no-ser pueden ponernos ebrios de ausencia.

El poeta parece envidiar la suerte de los muertos que la tierra calienta. Pero el Mediodía, mediodía, eternidad, mediodía perfecto, allá arriba, lo saca esta vez de su modorra, de su consentimiento a la inmovilidad de un sueño que remeda la nada. El Mediodía como una amenaza le hace erguirse, afirmar su propia esencia, tan preciosa porque tan frágil y efímera. Y a este símbolo de lo eterno, de lo absoluto, dirige el poeta, con ese extraño ardor helado tan propio de él, este verso:

Je suis en Toi le secret changement.
Yo soy en Ti la secreta mudanza.

Los tres primeros versos de la estrofa 14 suenan a desafío. Eternidad, duro diamante, tienes un defecto, dice el poeta. Soy yo tu defecto. Soy yo tu mancha. Pero ¡ay! los muertos están de tu parte. Se han mezclado contigo al disolverse en ausencia espesa.

Aquí vienen dos estrofas punzantes de precisión y de belleza. ¿Dónde estarán las frases familiares de los muertos? ¿Dónde sus cuerpos? ¿Dónde los tiernos gestos del amor? Aquella boca única y las palabras que decía, perdidas deshechas, desaparecidas para siempre…

Y nuestra alma, nuestra gran alma, ¿por qué ese querer engañarse? ¿Por qué ese querer imaginar que una vez disuelta la carne entrará en otro sueño, en una vida más verdadera? No; todo se agota, hasta la rebeldía frente a la nada. Nuestra presencia es porosa a la eternidad de no sé qué no-ser... y esta eternidad nos sorbe desde ya. La inmortalidad que ofrecen las religiones, las filosofías ¡qué mediocre! ¡Cómo consolarse con tan atroz consuelo!

En la estrofa 19 el poeta, dirigiéndose a los muertos, que son la tierra, les dice que el gusano que roe no es para ellos sino para nosotros los vivos; el gusano es nuestra conciencia inexorablemente alerta. ¿Amor u odio de nosotros mismos? ¡Qué importa! Su presencia no deja de hacerse sentir y de aguijonearnos constantemente.

Los versos que siguen tienen por objeto, según Valéry, “compensar mediante una tonalidad metafísica lo sensual, lo demasiado humano de las estrofas precedentes”.

¡Zenón de Elea!, exclama. ¿Tenías razón al creer que el movimiento no existe? ¿Será todo pura ilusión? El cuento de la flecha y el de la tortuga de Aquiles ¿serán otra cosa que paradojas? ¿Somos nosotros ese “Aquiles inmóvil a grandes pasos”: Achille immobile à grands pas ? Crueldad de la duda, crueldad de la ilusión.

En las tres últimas estrofas el poeta recupera, por decirlo así, su cuerpo. Le hace falta el cuerpo, le hace falta aceptar su modo (movilidad, cambio) para que pueda expresarse su alma, su pensamiento. El poeta quiere vivir su destino de ente inestable; acepta “la era sucesiva”. Gustave Cohen escribe aquí, en su comentario, que el poeta siente que debe “romper la forma pensativa, la meditación extática, el éxtasis místico que ha estado a punto —prematuramente, antes de la hora final— de absorberlo, de aniquilarlo en la inmovilidad eterna del no-ser o la nada”.

En la estrofa 23, el poeta nos habla del mar, nuevamente el mar en que quiere empaparse para volver a tomar vida... Pero esta vez el mar de que habla está como en delirio de movimiento, en tumulto, ebrio de sí mismo.

¡Hay que intentar vivir!, dice Valéry. El poema termina con un arranque hacia el triunfo de lo momentáneo, de lo sucesivo, de lo moviente, por encima de lo eterno y lo inmóvil. Triunfo del gran mar “de delirio dotado” sobre el mediodía justo.

No me he alejado de la interpretación de Gustave Cohen, que coincide con la que espontáneamente yo misma había dado al Cementerio marino. No olvidemos que el propio Valéry incita al lector a servirse a su manera y según sus medios del texto-aparato cuyo constructor es el poeta. Pero el lector suele ser perezoso. Es como aquella niñita a quien se le decía que jugara, que se divirtiera a su manera, y que contestaba: “yo no tengo manera”. Cuando la lectura resulta difícil, el noventa y nueve por ciento de los lectores retroceden. Se obstinan en no creer que en la vida no hay placer sin un poco de trabajo, como asegura la fábula. Agreguemos que a Valéry no le preocupa la pereza de sus lectores. A esta pereza es a la que yo trato de prestar ayuda. Me he esforzado por hacer lo más breve posible esta explicación para perezosos. Claro está que se puede comentar el Cementerio marino verso por verso, pero aquí sólo me propongo dar una idea de conjunto.

A propósito de este poema, Valéry se ha definido a sí mismo de esta manera: “La persona que habla es un aficionado a las abstracciones”.

En París, una noche de lluvia torrencial, regresábamos Valéry y dos amigos. El auto marchaba a lo largo de los quais del Sena inundados de agua. Acabábamos de hablar de cierto escritor, de gestos untuosos, llenos de afectación: hombre construido todo de grasa y de curvas. Valéry se había mostrado, durante la noche, más Valéry que nunca, es decir, todo inteligencia, con ese hablar y ese pensar vertiginoso que lo caracterizan. En medio de un silencio, me sorprendí diciendo sin pensar —o, más bien, pensando en alta voz—: “L'insecte net gratte la sécheresse”. Valéry me oyó. Sonriendo me preguntó: “Me supongo que no es el escritor de que hablábamos quien le recuerda ese verso”. “No —contesté—; pienso justamente que ese escritor es todo lo contrario”. Pero no me atreví a agregar que era en Valéry mismo en quien, sin darme cuenta, había pensado en alta voz. No sé exactamente por qué ese verso, de imagen auditiva perfecta, es para mí, en el Cimetière marin, la frasecita de la sonata de Vinteuil que me evoca el espíritu mismo del poeta. La aliteración que contribuye a su encanto está confiada a consonantes, a las más descarnadas consonantes del alfabeto: las tes y las eses. La admirable dureza de este verso quema, sin embargo; quema como un fuego sin materia. Me evoca a Valéry en cuerpo y alma. Se asemeja a su rostro enjuto, ese rostro soberanamente preciso, hecho de bellas aristas; rostro cerrado, pero en el que se abren unos ojos llenos de luz líquida. Este rostro secreto de aficionado a abs-tracciones se traiciona en esos ojos claros y vulnerables de poeta.

Volvamos a nuestro verso. Es un verso seco, neto, cortante. Tomemos otro en que la aliteración es igualmente feliz. “Je hume ici ma future fuméé”. En cuanto al sentido, no hay duda que el que habla aquí es el aficionado a abstracciones. No hay duda que es él quien saborea de antemano la Nada (sa future fuméé) y quien mide su propia grandeza por su poder de fijar la vista en la nada sin parpadear. Pero esta meditación metafísica ¿cómo se expresará? De la manera más sensual que haya podido inventar la poesía. Provocando sensaciones auditivas... (Valéry emplea más bien imágenes auditivas que imágenes visuales o táctiles).

Por lo tanto, cuando busca y encuentra, para traducir un pensamiento de esencia inalienablemente abstracta, el dulce fluir de una dulce vocal repetida, “je hume ici ma future famé”, como cuando escribe duramente “l’insecte net gratte la sécheresse”, este terrible intelectual se confiesa terriblemente sensual (entiendo aquí por sensualidad la insistencia, la complacencia en las imágenes auditivas). Es que nuestro aficionado a abstracciones tiene un punto débil en cuanto aficionado a abstracciones: es susceptible de caer en la poesía, en una vertiginosa caída al revés. Empieza entonces a hablarnos en un idioma que no puede descomponerse sin destruirse. Un idioma que por su ritmo, por su acento interior se empareja a la música, sin imitarla. Un idioma cuyo poder escapa al análisis y a la explicación, puesto que es pura magia. Para convencerse de ello basta escuchar estos versos de La jeune Parque:

“ … La renaissante année
À tout mon sang prédit de secrets mouvements :
Le gel cede à regret ses demiers diamants...
Demain, sur un soupir des bontés constellées,
Le printemps vient briser les fontaines scellées,
L'étonnant printemps rit, vole... on ne sait d’où
Venu ! Mais la candeur ruisselle à mots si doux
Qu'une tendresse prend la terre à ses entrailles…
Les arbrres regonflés et recouverts d'écailles
Chargés de tant de bras et de trop d'horizons,
Meuvent sur le soleil leurs tonnantes toisons,
Montent dans l’air amer avec toutes les ailes
De feuilles par milliers qu’ils se sentent nouvelles...

Valéry, fanático de lucidez, viene a incurrir en el encantamiento. Por más que declare que sólo le interesa el trabajo del trabajo, que nada le atrae fuera de la claridad (su aparente hermetismo nace de un extremo poder de condensación, como lo hace notar Cohen acertadamente), es por encantamiento como obra en cuanto poeta.

Y no sólo sobre madame Emilie Teste. Ella le escribía a Valéry, con la pluma de Valéry: “Las cosas abstractas o demasiado elevadas para mí, no me aburre oírlas; encuentro en ellas un encanto casi musical. Una bella parte del alma puede gozar sin comprender, y esa parte es grande en mí”.

Pues bien: Aun los infinitamente despiertos a las intenciones, a las sugestiones, a las alusiones, a los mitos del poeta filósofo, acabarán —al llegar a cierto punto— por gozar sin comprender, como madame Emilie Teste.

La belleza de ciertos versos nos transporta como la de ciertas frases musicales. La elección de las sílabas, la combinación de los sonidos no nos explican este milagro, como el conocimiento de la técnica musical no nos aclara el deleite que nos produce tal o cual compás. De esos compases conocemos las notas, la tonalidad, las modulaciones; pero tal conocimiento no explica ese misterioso reconocimiento en que nos sumen, ese goce, esa concordancia que estalla en nosotros a su encuentro y que hacen de este encuentro el de dos perfectos amantes que se reúnen.

¿Podemos decir que comprendemos semejante goce y concordancia? Tienen lugar en una parte de nosotros mismos que la inteligencia no alcanza. Nunca llegan a nosotros como una claridad, sino como un deslumbramiento. La inteligencia queda cegada. No resiste esta “lumière aux armes sans pitié” si no es cerrando los párpados. Y una vez bajados los párpados de la inteligencia, sólo nos queda, para ver, la intuición. Palabra que temo ha de disgustarle al autor del Cimetière marin, quizá tanto como la palabra espontáneo.

Quiero recordar, antes de concluir esta introducción al bello poema de Valéry, que éste se ha preocupado mucho de la manera de recitar los versos. Escribió sobre este tema a Mme. Croiza (cantante de talento) una carta llena de precisión y de encanto, mezcla cuyo secreto posee. Hallo en esta carta indicaciones preciosas que prueban hasta qué punto, en Valéry, la poesía está como nimbada de música. “La dicción usual parte de la prosa y se empina hasta el verso —escribe—. Sucede que con bastante frecuencia confunde el tono del drama o el movimiento de la elocuencia con la música intrínseca del lenguaje. Entonces el intérprete gana en efectos lo que el poema pierde en armonía. Pero yo quisiera probar una voz que bajara, por el contrario, de la melodía plena y entera de los músicos, a nuestra melodía de poetas, que es restringida y templada”.

Cuando se piensa en el significado, en la importancia de las palabras y la dicción en la música de un Debussy, por ejemplo, (recuérdese la carta de Pelléas), ve uno claramente que todo ocurre en la misma escala y es cuestión de grados. Confundir el tono del drama y el movimento de la elocuencia con la dicción poética es cosa muy generalizada, por desgracia. Esta confusión, especialmente cultivada en los países de América latina, produce en las personas dotadas de auténtica sensibilidad para la poesía, un horror indecible. Declamación es sinónimo de énfasis y cursilería; énfasis y cursilería son sinónimo de abominación.

Valéry ha comprendido perfectamente que el problema de la dicción poética está íntimamente ligado a las sonoridades de una voz, a la nitidez de los ataques, a la distribución de los silencios, al tiempo, al ritmo, a todo un sistema de delicadas precauciones, de inflexiones, de intenciones que utilizan medios casi musicales.


En el Cementerio marino la angustia metafísica de Valéry, evadida de la prosa, ha entrado en la poesía. Ha cantado lo efímero que somos. Ha cantado este instante de conciencia que es nuestra vida. Ha cantado nuestra mortalidad, y no nuestra inmortalidad... (esa bella mentira, ese ardid piadoso, como él la llama). Y creo que eso es lo que hay que destacar en el poema. Pero al tocar la mortalidad, ha tocado imprudentemente su alma y ha tocado la belleza. Pegadas a esta alma, a la belleza que descubre, hay cosas cuyo nombre no se sabe, hay lo incomprensible. Valéry se traiciona a sí mismo. A pesar suyo, a través de su presencia porosa, lo innominado, lo incomprensible se ha filtrado en su poema.

Podría decirse de este poema, empleando una imagen de Valéry, que es como una planta extraña en que las raíces, y no el follaje, crecieran, contra natura, hacia la claridad.


(*) Cuando este poeta es Valéry.

sábado, 25 de marzo de 2017

Homero y José Gómez Hermosilla: Aquiles y Agamenón

ILÍADA. CANTO I
Aquiles y Agamenón.

De Aquiles de Peleo canta, Diosa,                     [1]
la venganza fatal que a los Aquivos
origen fue de numerosos duelos,
y a la oscura región las fuertes almas
lanzó de muchos héroes, y la presa
sus cadáveres hizo de los perros
y de todas las aves de rapiña,
y se cumplió la voluntad de Jove,
desde que, habiendo en voces iracundas
altercado los dos, se desunieron
el Atrida, adalid de las escuadras
todas de Grecia, y el valiente Aquiles.

¿Cuál de los Dioses, dime, a la discordia
sus almas entregó para que airados
injuriosas palabras se dijesen?
De Latona y de Júpiter el hijo,
que, ofendido del Rey, a los Aqueos
enviara la peste asoladora,
y a su estrago la gente perecía,
por no haber el Atrida respetado
al sacerdote Crises que venido
había de los Griegos a las naves
una hija suya a redimir. De mucho
valor era el rescate que traía:
y el áureo cetro en la siniestra mano
y en la derecha la ínfula de Apolo,
así a todos los Dánaos suplicaba,
y señaladamente a los Atridas,
caudillos ambos de la hueste aquea:
“¡Atridas, y demás esclarecidos
campeones de Grecia! Las Deidades
que en las moradas del Olimpo habitan
a vosotros de Príamo concedan
la ciudad destruir, y a vuestros lares
felizmente llegar. De una hija mía
que me otorguéis la libertad os ruego,
y el rescate admitid, reverenciando
de Jove al hijo, el Flechador Apolo”.

Al escucharle los demás Aquivos,
en fausta aclamación todos dijeron
que al sacrificador se respetara
y el precioso rescate se admitiese;
pero al Atrida Agamenón el voto
general no agradó, y al sacerdote
con imperiosa voz y adusto ceño
mandó que de las naos se alejase,
y al precepto añadió las amenazas:

“¡Viejo! (le dijo) Nunca en este campo,
ahora si retardas la salida,
o en adelante si a venir te atreves,
a verte vuelva yo: pues de mi saña
no serán a librarte poderosos
ni la ínfula del Dios, ni el regio cetro.
Yo la esclava no doy, antes en Argos,
lejos de su país, dentro mi alcázar,
la rugosa vejez tejiendo telas
la encontrará, y mi lecho aderezando.
Vete ya; no mi cólera provoques,
si volver salvo a tu ciudad deseas”.

Dijo: temió el anciano, y, obediente
a su voz, se volvió sin replicarle,
del estruendoso mar por la ribera;
pero alejado ya de los Aqueos,
mientras andaba, en doloridas voces
pidió venganza al hijo de Latona.

“Escúchame (decía) pues armado
con el arco de plata ha defendido
siempre tu brazo a la región de Crisa
y a la ciudad de Cila populosa,
y de Ténedos numen poderoso
eres, ¡oh Esmintio! Si en mejores días
erigí a tu deidad hermoso templo,
si alguna vez de cabras y de toros
quemé sabrosas piernas en tus aras,
otórgame este don: paguen los Dánaos
mis lágrimas, heridos por tus flechas”.
Así el anciano en su plegaria dijo.

Oyole Febo; y de las altas cumbres
del Olimpo bajó, inflamado en ira
el corazón. Pendían de sus hombros
arco y cerrada aljaba; y al moverse,             
en hórrido ruido retemblando
sobre la espalda del airado numen,
resonaban las flechas; pero él iba
semejante a la noche. Cuando estaba
cerca ya de las naves, se detuvo,
lanzó una flecha, y en chasquido horrendo
crujió el arco de plata. El primer día          
con sus mortales tiros a los mulos                     [50]
persiguió, y a los perros del ganado;
pero después, enherbolada flecha
disparando a la hueste, a los Aquivos
hirió, y de muertos numerosas piras
ardiendo siempre en la llanura estaban.

Nueve fueron los días que las flechas
del Dios por el ejército volaron;
mas Aquiles, al décimo, las tropas
a junta convocó: la Diosa Juno,
que mucho de los griegos se dolía
viéndolos perecer, este consejo
le inspiró. Cuando todos los Aquivos,
al pregón acudiendo, se juntaron,
de la alta silla el valeroso Aquiles
alzose, y dijo al adalid supremo:

“¡Atrida! juzgo que de nuevo errantes
por ese mar, en vergonzosa fuga
a Grecia volveremos si la muerte
evitar nos es dado; pues unidas
guerra y peste el ejército destruyen.
Mas algún adivino consultemos,
o sacrificador, o acreditado
intérprete de sueños; porque envía
también los sueños el Saturnio Jove.
Él nos dirá por qué tan altamente
Febo está de nosotros ofendido;
y sabremos en fin si nos acusa,
o de que no cumplimos algún voto,
o de que en sus altares olvidamos
ofrecer hecatombe numerosa;
y si querrá librarnos de la peste,
luego que de las cabras escogidas
y los corderos el olor y el humo
hayan subido a la región del éter”.
Así habló Aquiles, y volvió a sentarse.

Se alzó luego el mejor de los augures,
Calcas, hijo de Téstor, que sabía
lo pasado y presente, y lo futuro,
y con esta pericia en los agüeros,
que Febo le otorgara, por los mares
a Troya los navíos de la Grecia
guiado había. Y cual varón prudente
así habló con el hijo de Peleo:

“¡Ah Jove caro, valeroso Aquiles!
pues mandas que yo diga por qué ahora
destruye con la peste a los Aquivos
el soberano Flechador Apolo,
yo lo revelaré, si me prometes
antes, y me lo juras, que resuelto
con la voz y la diestra poderosa
tú me defenderás. Porque conozco
que contra mí se irritará un guerrero
que sobre todos los Argivos tiene
grande poder, y su persona mucho
acatan los Aqueos. Y enemigo
poderoso es un Rey, cuando se enoja
con algún inferior; pues si aquel día
la cólera devora, guarda siempre
en su pecho el rencor hasta que encuentra
ocasión de vengarse. Tú medita
si me podrás salvar”. Respondió Aquiles:

“Depón ese temor, y nos anuncia
la voz divina que escuchado hubieres:
yo juro por Apolo, a Jove caro,
y a quien tú, oh Calcas, invocando pío,
lo futuro descubres a los Griegos,
que en tanto que yo viva y la luz vea
del refulgente sol, en ti ninguno
de todos los Aquivos será osado
las manos a poner; aunque nombraras
al mismo Agamenón, que se gloría
de ser en el ejército el primero”.

Depuesto ya el temor, en tono grave
dijo el célebre augur: “No nos acusa
Apolo de que habemos olvidado,
o cumplir algún voto, o en sus aras
víctimas ofrecer: está ofendido
de que a su sacerdote con desprecio
Agamenón trató; que ni a la esclava
dio libertad, ni recibió el rescate.
Por eso el Flechador en los Aquivos
estragos hizo, y aun hará, terribles:
ni de la peste su pesada mano
alzará la deidad, hasta que al padre,
ni rescatada, ni vendida, envíe
el Rey la joven, y se lleve a Crisa
la hecatombe sagrada. Acaso entonces,           [100]
su cólera aplacando, nuestros votos
conseguiremos que benigno escuche”.

Así dijo el augur: alzose el fuerte
y poderoso Agamenón de Atreo,
el ánimo turbado y encendido
en ira el corazón; porque al oírle
ennegrecido en derredor su pecho,
llenárase de cólera, y sus ojos
fuego centelleante parecían.
Y con ceñuda faz mirando a Calcas,
en voz terrible e iracunda dijo:

“¡Adivino de males! a mí nunca
darme has querido favorable nueva:
siempre te es grato presagiar desdichas,
y jamás todavía una palabra
has dicho, ni una acción ejecutado,
que en mi daño no fuese. Y aun ahora
afirmaste a la faz de los Aquivos
oráculos mintiendo, que si Apolo
con peste los aflige asoladora,
es porque de Criseida yo no quise
admitir el rescate. Deseara
en mi casa tenerla y a mi lado,
y mucho yo a la misma Clitemnestra,
mi legítima esposa, la prefiero;
porque ni en la hermosura, ni en la gracia
ni en el talento, ni en labor de manos
a aquélla es inferior. Mas no rehúso
entregarla a su padre, si parece
esto más útil; porque yo antepongo
la salud del ejército a su ruina.
Pero otra joven se me dé graciosa,
para que entre los Príncipes no sea
el solo que no tenga alguna esclava
premio de su valor. Mengua sería:
y todos ya lo veis, la que por voto
general me ofrecieron los Aquivos
vuelve al paterno hogar”. Respondió Aquiles:

“¡Glorioso Atrida! cuando así te sea
más que a todos los hombres doloroso
perder lo que una vez llamaste tuyo
¿cómo ya generosos los Aquivos
te darán otra esclava? No sabemos
que en parte alguna comunal riqueza
esté depositada. Los despojos
en batallas ganados y en saqueos
repartidos están, y no sería
decoroso obligar a los soldados
a que en común de nuevo los reúnan.
Así, tu esclava al Flechador le cede;
que después triplicado los Aquivos,
o cuádruplo, su precio te daremos,
si la fuerte ciudad de los Troyanos
un día saquear nos diere Jove”.

Y Agamenón le dijo: “No presumas,
oh Aquiles, a los Dioses parecido,
con estudiadas voces engañarme,
por más sabio que seas; pues con dolo
no me seducirás, ni con razones
me podrás persuadir. ¿Acaso quieres
que mientras tú conservas la Troyana
premio de tu valor, sin recompensa
yo a la mía renuncie? ¿No propones
que la dé libertad? Otra cautiva
denme, pues, los Aquivos tan hermosa,
y que grata me sea. Y si rehúsan
dármela, yo, como adalid supremo,
escogeré; y la tuya, o la de Ayante,              
o la de Ulises, llevaré a mi tienda
a pesar de su dueño, y enojado
éste mucho será. No más ahora
de esto se trate; llegará su día.
Hoy lancemos del mar a la llanura
embreado navío, en él se junten
escogidos remeros, la hecatombe
se acomode, embarquemos a la hermosa
hija de Crises, y el caudillo sea
alguno de los Príncipes que tienen
en los consejos voto; Idomeneo,
Áyax de Telamón, el sabio Ulises,
o tú mismo, pues eres entre todos
el héroe más temido. Ve, y ofrece
el sacrificio al Flechador, y alcanza
que ya propicia su deidad nos sea”.

Con torva faz habiéndole mirado,
furioso Aquiles respondió al Atrida:

“¡Hombre tú sin pudor! ¡alma dolosa!
¿cómo pronto estará ningún Aquivo             [150]                                                        
obediente a tu voz, ni de las marchas
la fatiga a sufrir, ni con los hombres
a lidiar animoso en la pelea?
No fueron, no, la causa los Troyanos
de que yo desde Grecia aquí viniese
a guerrear, ni agravio ellos me hicieron;
porque jamás los bueyes me robaron,
o los bridones, ni en la fértil Phtía,
en guerreros fecunda, las cosechas
destruyeron jamás: hay de por medio
muchos fragosos montes y sombríos,
y el resonante mar. Los Griegos todos,
porque tú puedas ufanarte un día,
a ti, impudente, a ti, seguido habemos
de los Troyanos a tomar venganza
por Menelao... por ti, que el beneficio
así ingrato olvidaste y desconoces;
y a decirme te atreves que abusando
de tu poder me quitarás la esclava
que cautivé yo mismo, y entre todas
para mí separaron los Aqueos.
Yo premio al tuyo igual nunca recibo
cuando por el ejército es tomada
populosa ciudad de los Troyanos;
pero mi brazo en las sangrientas lides
es el que más trabaja. Y cuando llega
luego la partición de los despojos,
es tu parte mayor; y yo a las naves,
ya fatigado de lidiar, me vuelvo
con la escasa porción que me ha tocado.
Pero hoy a Phtía tornaré... Más vale
atravesar el Ponto, y con mis tropas
a Tesalia volver; que ya no quiero,
pues me desprecias, en provecho tuyo
ganar aquí riquezas y tesoros”.

“Huye en buen hora (respondió el Atrida),
huye, no te detengas, si impaciente
estás ya por huir; yo no te ruego
que por vengar mi ofensa un solo día
tardes en alejarte de esta playa.
Tengo yo otros valientes campeones
que mi honor desagravien, y el excelso
próvido Jove me protege... Odioso
me eres tú, cual ninguno de los Reyes
que a Troya me han seguido; porque gustas
de riñas siempre, y guerras y combates.
Si valiente naciste, beneficio
es de alguna deidad. Así, a Tesalia
con tus soldados vuelve y con tus naves,
y sobre los Mirmídones impera.
Yo de ti no me curo, ni me importa
que estés airado: la amenaza escucha
que hacerte quiero. Pues el mismo Apolo
de la gentil Criseida me despoja,
con gente mía volverá a su patria
y en una de mis naves; pero luego
a la hermosa Briseida, tu cautiva,
he de traerme yo: e iré a buscarla
a tu tienda en persona, porque veas
cuánto yo te aventajo en poderío,
y también porque tiemble cualquier otro
de igualarse conmigo, y no se atreva
a comparar con mi poder el suyo”.

Taciturno dolor al escucharle
se apoderó de Aquiles, e indeciso
su corazón en el velludo pecho
entre dos pensamientos fluctuaba:
si ya, el agudo estoque desnudando
que llevaba pendiente, se abriría
paso por entre todos y de Atreo
traspasaría al hijo; o si el enojo
calmando, sus coléricos furores
reprimiría. En tanto que en su mente
y en su ánimo estas dudas agitaba,
y que ya el ancho formidable estoque
iba sacando, desde el alto Olimpo
en raudo vuelo descendió Minerva,
porque próvida Juno la enviaba:
Juno que a los dos héroes protegía,
y los amaba con igual cariño.
Y a la espalda poniéndose de Aquiles,
asiole por la rubia cabellera,
sólo visible al héroe; que ninguno
de los otros la vio. Turbose Aquiles,               [200]
volvió la cara, y conoció a la Diosa
al resplandor de sus terribles ojos;
y así la dijo en rápidas palabras:

“¡Hija de Jove! ¿A qué del alto cielo
bajaste ahora? ¿a presenciar acaso
cómo me insulta y amenaza altivo
Agamenón de Atreo? Pues te anuncio,
y ya viéndolo estoy... por su arrogancia
la dulce vida perderá, y en breve”.

Minerva respondió: “Yo del Olimpo
tu cólera a calmar aquí he bajado,
si dócil te mostrares; y me envía
próvida Juno, que a los dos protege,
y a los dos ama con igual cariño.
Suspende ese furor, y no desnude
la cuchilla tu mano; de palabra
oféndele en buen hora. Yo te anuncio...
y a su tiempo verás que mi promesa
se cumple. Vendrá día en que ofrecidos
brillantes dones te serán y muchos,
para desagraviarte de esa injuria.
Así, tu ardor reprime, y de nosotras
cumple la voluntad”. Respondió Aquiles:
“¡Diosa! pues ambas lo queréis, forzoso
obedecer será, por más airado
que esté mi corazón. Así conviene,
porque los justos Dioses las plegarias
oyen benignos del varón piadoso
que sus mandatos obedece y cumple”.

Dijo, y la fuerte diestra sobre el puño
detuvo argénteo, y la tajante espada
a su sitio volvió; ni a los mandatos
fue indócil de Minerva, que al Olimpo
volviera en tanto a la mansión de Jove
en medio de los otros inmortales.
Pero después el héroe, arrebatado
del furor que su espíritu agitaba,
dijo al Atrida en iracundas voces:

“¡Impudente! ¡beodo! ¡que de ciervo
tienes el corazón! Nunca tuviste
valor para salir con tus soldados
a batalla campal, ni a las celadas
ir con los campeones de la Grecia:
tal es el miedo que a la muerte tienes.
Mucho más fácil es, y más glorioso,
de los Aqueos por el ancho campo
su esclava ir a robar al que en las juntas
ose contradecirte. ¡Rey impío,
que tu pueblo devoras porque mandas
a gente sin valor! ésta sería
la vez postrera que injuriado hubieses,
oh hijo de Atreo... Pero yo te anuncio,
y con el juramento más solemne
voy a jurarlo. Sí: por este cetro
que jamás echará ni hoja ni ramas,
ni reverdecerá, desde que el tronco
abandonó una vez allá en el monte,
porque de la corteza y de las hojas
en derredor le despojó el acero,
y los Príncipes ya de los Aquivos
que justicia administran, y por Jove
custodios son de las antiguas leyes,
en la mano le llevan, yo, lo juro,
y terrible será mi juramento.
Llegará día en que los hijos todos
de los Aqueos en dolientes voces
por Aquiles suspiren, sin que pueda
ya su espada salvarlos, aunque mucho
su triste suerte llores, cuando muertos
a manos de Héctor homicida caigan
uno en pos de otro. Pesaroso entonces
tú de no haber honrado al más valiente
de los Aquivos todos, en el pecho
el alma sentirás despedazarse”.

Así habló Aquiles y arrojó por tierra
el regio cetro, que de clavos de oro
estaba guarnecido, y el escaño
volvió a ocupar. Agamenón el suyo  
dejaba ya para tomar venganza
del hijo de Peleo; pero alzose
el suavilocuo Néstor, de los Pilios
elocuente orador, de cuyos labios
las palabras corrían muy más dulces
que la miel. Este anciano, que en su tiempo
viera morir en la opulenta Pilos
las dos generaciones de los hombres                       [250]
de articulada voz que de su infancia
fueran y juventud los compañeros,
y su cetro regía la tercera,
así les dijo cual varón prudente:

“Este día ¡oh dolor! día de llanto
deberá ser para la Grecia toda.
Y mucho ahora Príamo, y los hijos
de Príamo también se alegrarían,
y los demás Troyanos en su pecho
grande placer sintieran, si entendiesen
que enemistados por querellas vanas
os injuriáis así, cuando vosotros
los primeros de todos los Aquivos
en el consejo sois y en la pelea.
Pero escuchad mi voz, ya que sois ambos
más jóvenes que yo; pues otro tiempo
con héroes traté ya más esforzados
que vosotros, y no me despreciaban.
No: jamás yo hombres viera, ni he de verlos,
como Pirítoo, Driante, Exadio,
Ceneo y Polifemo, comparable
a un Dios; o cual Teseo, hijo de Egeo,
el que a los inmortales semejaba.
Estos fueron los hombres más valientes
que la tierra hasta ahora ha producido;
pero si muy valientes ellos eran,
pelearon con otros muy valientes,
los Centauros del monte habitadores,
y horrible estrago en su escuadrón hicieron.
Yo, que de Pilos, tan lejana tierra,
vine llamado por aquellos héroes,
a su lado asistí, y en la batalla
hice también de mi valor alarde;
y con aquellos monstruos, a fe mía,
ningún mortal de los que ahora viven
sobre la haz de la tierra, peleara:
y los héroes consejo me pedían,
y atentos escuchaban mi dictamen.
Seguidle, pues, vosotros; porque siempre
tomar el buen consejo es acertado.
Ni tú, oh Agamenón, quites la esclava
a Aquiles, aunque seas poderoso;
deja que la conserve, pues en justo
premio de su valor se la otorgaron
los hijos de los Griegos: ni tú, Aquiles,
rivalizar con el Atrida quieras;
que honor al suyo igual ningún Monarca
logró jamás de cuantos llevan cetro,
y a quien Jove ensalzar haya querido.
Si tú eres más valiente, y una Diosa
tienes por madre, el Rey más poderoso
es, porque impera sobre más guerreros.
Atrida, ahora tu furor reprime;
y en adelante ya no más airado
con Aquiles estés, yo te lo ruego;
que contra los estragos de la guerra
es el antemural de los Aquivos”.

El rey Agamenón respondió a Néstor:
“¡Anciano! hablaste cual varón prudente;
pero Aquiles intenta sobre todos
los otros ser, a todos dominarlos,
sobre todos mandar, y en las batallas
ser de todos caudillo; y a ninguno
obedecer querrá. Mas, si los Dioses
eternales le hicieron tan valiente,
¿le permiten acaso que injuriosas
razones diga?” Interrumpiendo Aquiles
el discurso del Rey, así le dijo:

“Vil y cobarde con razón sería
llamado yo, si a los caprichos tuyos
cediera siempre. Sumisión tan baja
de otros exige, sobre mí no quieras
como jefe mandar; que desde ahora
dejo de estar a tu obediencia y mando.
Y nunca olvide la memoria tuya
lo que voy a decir. Por la cautiva
no esgrimiré la espada, ni contigo,
ni con otro ninguno de los Griegos;
pues vosotros, habiéndomela dado,
hoy ya me la quitáis. Mas de las otras
riquezas que se guardan en mis naves,                     [300]
con todo ese poder de que te jactas
nada tú llevarás malgrado mío.
Haz la prueba si quieres, y los Griegos
reconozcan también... pronto corriera
tu roja sangre de mi lanza en torno”.

Después de haber los dos así altercado
en iracundas injuriosas voces,
alzáronse y la junta disolvieron,
y a sus tiendas y naves con Patroclo
y sus escuadras retirose Aquiles.