lunes, 25 de septiembre de 2017

Saki y Adolfo Bioy Casares: Sredni Vashtar


Hector Hugh Munro (Saki) nació en Akyab, Birmania, en 1870.
Escribió sátiras políticas, un libro sobre los orígenes del imperio ruso y la novela When William came (1913), relato (y, esperemos, vana profecía) de la vida en Inglaterra después de una invasión alemana. Debe la fama a sus cuentos. La primera colección completa apareció en 1930, con el titulo: The stories of Saki. Desde entonces se han hecho no menos de once reimpresiones.
El nombre Saki lo tomó del copero de los Rubaiyat, de Omar Kheyyam:

And when... oh Saki, you shall pass
Among the guests star-scattered on the Grass,
And in your joyous errand reach the spot
When I made One — turn down an empty Glass.

Murió el 14 de noviembre de 1916, en el ataque de Beaumont Hamel.

SREDNI VASTHAR

Conradín tenía diez años y, según la opinión del médico, no podría vivir cinco años más. El médico era suave, ineficaz, y no se lo tomaba en cuenta, pero su opinión estaba respaldada por la señora de Ropp, a quien debía tomarse en cuenta. La señora de Ropp, prima de Conradín, era su tutora, y representaba para él esos tres quintos del mundo que son necesarios, desagradables y reales; los otros dos quintos, en perpetuo antagonismo con los anteriores, estaban concentrados en su imaginación. Conradín suponía que de un día para otro iba a sucumbir a la dominante presión de las cosas necesarias: la enfermedad, las interdicciones propias de los mimos y el interminable aburrimiento. Su imaginación, estimulada por la soledad, le impedía sucumbir.
La señora de Ropp, ni en los momentos de mayor franqueza, se habría confesado que no quería a Conradín, aunque hubiera podido darse cuenta de que al contrariarlo “por su bien” cumplía con un deber que no le resultaba particularmente penoso. Conradín la odiaba con una desesperada sinceridad, que podía disimular perfectamente. Las pocas diversiones que inventaba acrecían con la perspectiva de molestar a su tutora. La señora de Ropp estaba excluida del dominio de su imaginación, como un objeto sucio, que no podía tener entrada.
En el triste jardín, vigilado por tantas ventanas listas a entreabrirse para recordarle la obligación de tomar una medicina o para decirle que no hiciera esto o aquello, encontraba poco encanto. Los escasos árboles frutales le estaban celosamente vedados; sin embargo, hubiera sido difícil descubrir un comprador de frutas que ofreciese diez chelines por su producción de todo el año. En un rincón, casi completamente escondida por un arbusto, había una casilla de herramientas abandonada; bajo su techo, Conradín halló un refugio, algo que participaba de los variados aspectos de un cuarto de juguetes y de una catedral. La había poblado de fantasmas familiares, algunos sacados de la historia, otros de su propia imaginación; pero la casilla ostentaba también dos huéspedes de carne y hueso. En un rincón vivía una gallina del Houdan, de áspero plumaje, a la cual el chico consagraba un cariño que casi no tenía otra salida. Más atrás, en la penumbra, había un cajón. Estaba dividido en dos compartimientos, uno de ellos con travesaños de hierro en el frente. Era la morada de un gran hurón de los pantanos; el muchacho de la carnicería se lo había dado de contrabando, con jaula y todo, por unas pocas monedas de plata. Conradín tenía mucho miedo de ese animal flexible y de garras afiladas; pero era su más preciado tesoro. Su presencia en la casilla era para Conradín una secreta y terrible felicidad; debía mantenerlo escondido de La Mujer (así denominaba a su prima). Un día, quién sabe cómo, urdió para la bestia un nombre maravilloso, y desde ese momento el hurón de los pantanos fue un dios y una religión.
A la religión condescendía La Mujer una vez por semana, en una iglesia de los alrededores; lo llevaba a Conradín. Pero todos los jueves, en el musgoso y oscuro silencio de la casilla de herramientas, Conradín oficiaba con místico y elaborado ceremonial ante el cajón de madera, santuario de Sredni Vashtar, el Gran Hurón. Adornaba su altar con flores coloradas y frutas escarlatas, pues era un dios que favorecía el impaciente lado feroz de las cosas (la religión de La Mujer, según Conradín, estaba dirigida en sentido opuesto). En las grandes fiestas, echaba ante el cajón nuez moscada en polvo. Necesitaba robar la nuez moscada: eso daba mayor valor a su ofrenda. Las fiestas eran variables y tenían por objeto celebrar algún acontecimiento pasajero. En ocasión de un agudo dolor de muelas que por tres días padeció la señora de Ropp, Conradín prolongó los festivales durante todo ese tiempo y casi llegó a persuadirse de que Sredni Vashtar era personalmente responsable del dolor. Si el dolor hubiera durado un día más, la provisión de nuez moscada se habría agotado.
La gallina del Houdan jamás intervino en el culto de Sredni Vashtar. Conradín había decidido que era Anabaptista. No pretendía tener el más remoto conocimiento de lo que era un Anabaptista, pero tenía una íntima esperanza de que fuese algo audaz y no muy respetable. Para Conradín, la señora de Ropp encarnaba la odiosa imagen de toda respetabilidad.
Después de un tiempo, las permanencias de Conradín en la casilla empezaron a llamar la atención de su tutora. “No puede ser bueno para él pasarse el día allí, cuando hace frío”, decidió prontamente, y una mañana, a la hora del desayuno, anunció que la gallina del Houdan había sido vendida la noche anterior. Con sus ojos miopes escrutó a Conradín, esperando un ataque de rabia y de tristeza que estaba lista a reprimir con la fuerza de excelentes preceptos. Pero Conradín no dijo nada; no había nada que decir. Algo, en esa cara blanca e impávida, la tranquilizó. Esa tarde, a la hora del té, hubo tostadas: atención generalmente excluida con el pretexto de que “eran malas para Conradín”, y también porque hacerlas daba trabajo (mortal ofensa para una mujer de la clase media).
—Creía que te gustaban las tostadas — exclamó con resentimiento la señora de Ropp, al observar que no las comía.
—A veces — dijo Conradín.
Esa tarde, en la casilla de las herramientas, hubo un cambio en el culto al dios del cajón. Hasta entonces, Conradín no había hecho más que cantar sus oraciones: ahora pidió un favor.
—Hazme un favor, Sredni Vashtar.
El favor no estaba especificado. Sredni Vashtar, como era un dios, no podía ignorarlo. Conradín miró hacia el otro rincón vacío y, conteniendo un sollozo, regresó al mundo que detestaba.
Y todas las noches, en la bien venida oscuridad de su dormitorio, y todas las tardes, en la penumbra de la casilla, proseguía la amarga letanía de Conradín:
—Hazme un favor, Sredni Vashtar.
La señora de Ropp advirtió que no cesaban las visitas a la casilla; una tarde llevó a cabo una inspección más completa.
—¿Qué guardas en ese cajón cerrado con llave? — le preguntó —. Han de ser conejitos de la India. Los haré llevar.
Conradín apretó los labios, pero La Mujer registró su dormitorio hasta descubrir la llave escondida, y en seguida bajó a la casilla a coronar su descubrimiento. Era una tarde lluviosa, y a Conradín le habían prohibido salir al jardín. Desde la última ventana del comedor se podía ver la casilla; en esa ventana se instaló Conradín. Vió entrar a La Mujer y la imaginó abriendo la puerta del cajón sagrado y examinando con ojos miopes la espesa cama de paja donde estaba oculto su Dios. Tal vez, con impaciencia torpe, estuviera tanteando la paja con el paraguas. Fervorosamente, Conradín articuló su última plegaria. Pero al rezar sentía la incredulidad. Sabía que La Mujer iba a aparecer de un momento a otro, con la sonrisa fruncida que él tanto detestaba; dentro de una o dos horas, el jardinero se llevaría a su prodigioso dios, no ya un dios sino un simple hurón de color pardo, en un cajón.
Y sabía que La Mujer triunfaría siempre, como había triunfado hasta ahora, y que sus persecuciones y su tiranía irían debilitándolo poco a poco hasta que a él ya nada le importara; hasta que aconteciera lo previsto por el doctor. Y como un desafío, en el despecho de la derrota, empezó a gritar el himno a su ídolo amenazado:

Sredni Vashtar acometió.
Sus pensamientos eran pensamientos rojos, sus dientes eran blancos.
Sus enemigos pidieron paz, pero Él les trajo muerte.
Sredni Vashtar, el hermoso.

De golpe cesó de cantar y se acercó a la ventana. La puerta de la casilla seguía abierta. Los minutos pasaban. Los minutos eran largos, pero pasaban. Miraba los gorriones que volaban y corrían por el césped. Los contó y los volvió a contar, sin perder de vista la puerta. Una criada de expresión agria entró en la pieza y puso la mesa para el té. Y Conradín seguía esperando, vigilando. Gradualmente, la esperanza se deslizaba en su corazón; el triunfo empezó a brillar en sus ojos, hasta ahora sólo conocedores de la melancólica paciencia de la derrota. Con una exultación furtiva, volvió a gritar el peán de victoria y devastación. Sus ojos fueron recompensados. Por la puerta salió una larga bestia amarilla y parda, baja, con ojos deslumbrados por la luz del atardecer y oscuras manchas mojadas en la piel de las mandíbulas y del cuello. Conradín cayó de rodillas. El Gran Hurón de los Pantanos se dirigió a una de las acequias del jardín, bebió, atravesó un puente de tablas y se perdió entre los arbustos. Ése fue el tránsito de Sredni Vashtar.
—Está servido el té — dijo la criada de expresión agria —. ¿Adónde fue la señora?
—A la casilla — dijo Conradín.
Y mientras la criada salió a buscar a la señora, Conradín sacó de un cajón del aparador el tenedor de las tostadas y se puso a tostar el pan.
Y mientras lo tostaba y le ponía mucha manteca y lo saboreaba con lentitud, escuchaba los ruidos y silencios que caían en rápidos espasmos del otro lado de la puerta del comedor. Los chillidos tontos de la criada, el correspondiente coro de las cocinas, los correteos, las urgentes embajadas para pedir auxilio y, después de una pausa, los sagrados sollozos y el deslizado andar de quienes llevan una carga pesada.
—¿Quién se lo dirá al pobre chico? Yo no me atrevo — dijo una voz chillona.
Y mientras discutían el asunto entre ellas, Conradín se preparó otra tostada.

Traducción y presentación de ADOLFO BIOY CASARES.
Revista Sur, julio de 1940, año IX.

SREDNI VASHTAR

Conradin was ten years old, and the doctor had pronounced his professional opinion that the boy would not live another five years. The doctor was silky and effete, and counted for little, but his opinion was endorsed by Mrs. De Ropp, who counted for nearly everything. Mrs. De Ropp was Conradin's cousin and guardian, and in his eyes she represented those three-fifths of the world that are necessary and disagreeable and real; the other two-fifths, in perpetual antagonism to the foregoing, were summed up in himself and his imagination. One of these days Conradin supposed he would succumb to the mastering pressure of wearisome necessary things---such as illnesses and coddling restrictions and drawn-out dulness. Without his imagination, which was rampant under the spur of loneliness, he would have succumbed long ago.
Mrs. De Ropp would never, in her honestest moments, have confessed to herself that she disliked Conradin, though she might have been dimly aware that thwarting him “for his good” was a duty which she did not find particularly irksome. Conradin hated her with a desperate sincerity which he was perfectly able to mask. Such few pleasures as he could contrive for himself gained an added relish from the likelihood that they would be displeasing to his guardian, and from the realm of his imagination she was locked out---an unclean thing, which should find no entrance.
In the dull, cheerless garden, overlooked by so many windows that were ready to open with a message not to do this or that, or a reminder that medicines were due, he found little attraction. The few fruit-trees that it contained were set jealously apart from his plucking, as though they were rare specimens of their kind blooming in an arid waste; it would probably have been difficult to find a market-gardener who would have offered ten shillings for their entire yearly produce. In a forgotten corner, however, almost hidden behind a dismal shrubbery, was a disused tool-shed of respectable proportions, and within its walls Conradin found a haven, something that took on the varying aspects of a playroom and a cathedral. He had peopled it with a legion of familiar phantoms, evoked partly from fragments of history and partly from his own brain, but it also boasted two inmates of flesh and blood. In one corner lived a ragged-plumaged Houdan hen, on which the boy lavished an affection that had scarcely another outlet. Further back in the gloom stood a large hutch, divided into two compartments, one of which was fronted with close iron bars. This was the abode of a large polecat-ferret, which a friendly butcher-boy had once smuggled, cage and all, into its present quarters, in exchange for a long-secreted hoard of small silver. Conradin was dreadfully afraid of the lithe, sharp-fanged beast, but it was his most treasured possession. Its very presence in the tool-shed was a secret and fearful joy, to be kept scrupulously from the knowledge of the Woman, as he privately dubbed his cousin. And one day, out of Heaven knows what material, he spun the beast a wonderful name, and from that moment it grew into a god and a religion. The Woman indulged in religion once a week at a church near by, and took Conradin with her, but to him the church service was an alien rite in the House of Rimmon. Every Thursday, in the dim and musty silence of the tool-shed, he worshipped with mystic and elaborate ceremonial before the wooden hutch where dwelt Sredni Vashtar, the great ferret. Red flowers in their season and scarlet berries in the winter-time were offered at his shrine, for he was a god who laid some special stress on the fierce impatient side of things, as opposed to the Woman's religion, which, as far as Conradin could observe, went to great lengths in the contrary direction. And on great festivals powdered nutmeg was strewn in front of his hutch, an important feature of the offering being that the nutmeg had to be stolen. These festivals were of irregular occurrence, and were chiefly appointed to celebrate some passing event. On one occasion, when Mrs. De Ropp suffered from acute toothache for three days, Conradin kept up the festival during the entire three days, and almost succeeded in persuading himself that Sredni Vashtar was personally responsible for the toothache. If the malady had lasted for another day the supply of nutmeg would have given out.
The Houdan hen was never drawn into the cult of Sredni Vashtar. Conradin had long ago settled that she was an Anabaptist. He did not pretend to have the remotest knowledge as to what an Anabaptist was, but he privately hoped that it was dashing and not very respectable. Mrs. De Ropp was the ground plan on which he based and detested all respectability.
After a while Conradin's absorption in the tool-shed began to attract the notice of his guardian. “It is not good for him to be pottering down there in all weathers,” she promptly decided, and at breakfast one morning she announced that the Houdan hen had been sold and taken away overnight. With her short-sighted eyes she peered at Conradin, waiting for an outbreak of rage and sorrow, which she was ready to rebuke with a flow of excellent precepts and reasoning. But Conradin said nothing: there was nothing to be said. Something perhaps in his white set face gave her a momentary qualm, for at tea that afternoon there was toast on the table, a delicacy which she usually banned on the ground that it was bad for him; also because the making of it “gave trouble,” a deadly offence in the middle-class feminine eye.
“I thought you liked toast,” she exclaimed, with an injured air, observing that he did not touch it.
“Sometimes,” said Conradin.
In the shed that evening there was an innovation in the worship of the hutch-god. Conradin had been wont to chant his praises, tonight be asked a boon.
“Do one thing for me, Sredni Vashtar.”
The thing was not specified. As Sredni Vashtar was a god he must be supposed to know. And choking back a sob as he looked at that other empty comer, Conradin went back to the world he so hated.
And every night, in the welcome darkness of his bedroom, and every evening in the dusk of the tool-shed, Conradin's bitter litany went up: “Do one thing for me, Sredni Vashtar.”
Mrs. De Ropp noticed that the visits to the shed did not cease, and one day she made a further journey of inspection.
“What are you keeping in that locked hutch?” she asked. “I believe it's guinea-pigs. I'll have them all cleared away.”
Conradin shut his lips tight, but the Woman ransacked his bedroom till she found the carefully hidden key, and forthwith marched down to the shed to complete her discovery. It was a cold afternoon, and Conradin had been bidden to keep to the house. From the furthest window of the dining-room the door of the shed could just be seen beyond the corner of the shrubbery, and there Conradin stationed himself. He saw the Woman enter, and then be imagined her opening the door of the sacred hutch and peering down with her short-sighted eyes into the thick straw bed where his god lay hidden. Perhaps she would prod at the straw in her clumsy impatience. And Conradin fervently breathed his prayer for the last time. But he knew as he prayed that he did not believe. He knew that the Woman would come out presently with that pursed smile he loathed so well on her face, and that in an hour or two the gardener would carry away his wonderful god, a god no longer, but a simple brown ferret in a hutch. And he knew that the Woman would triumph always as she triumphed now, and that he would grow ever more sickly under her pestering and domineering and superior wisdom, till one day nothing would matter much more with him, and the doctor would be proved right. And in the sting and misery of his defeat, he began to chant loudly and defiantly the hymn of his threatened idol:

Sredni Vashtar went forth,
His thoughts were red thoughts and his teeth were white.  
His enemies called for peace, but he brought them death.  
Sredni Vashtar the Beautiful.

And then of a sudden he stopped his chanting and drew closer to the window-pane. The door of the shed still stood ajar as it had been left, and the minutes were slipping by. They were long minutes, but they slipped by nevertheless. He watched the starlings running and flying in little parties across the lawn; he counted them over and over again, with one eye always on that swinging door. A sour-faced maid came in to lay the table for tea, and still Conradin stood and waited and watched. Hope had crept by inches into his heart, and now a look of triumph began to blaze in his eyes that had only known the wistful patience of defeat. Under his breath, with a furtive exultation, he began once again the pæan of victory and devastation. And presently his eyes were rewarded: out through that doorway came a long, low, yellow-and-brown beast, with eyes a-blink at the waning daylight, and dark wet stains around the fur of jaws and throat. Conradin dropped on his knees. The great polecat-ferret made its way down to a small brook at the foot of the garden, drank for a moment, then crossed a little plank bridge and was lost to sight in the bushes. Such was the passing of Sredni Vashtar.
“Tea is ready,” said the sour-faced maid; “where is the mistress?” “She went down to the shed some time ago,” said Conradin. And while the maid went to summon her mistress to tea, Conradin fished a toasting-fork out of the sideboard drawer and proceeded to toast himself a piece of bread. And during the toasting of it and the buttering of it with much butter and the slow enjoyment of eating it, Conradin listened to the noises and silences which fell in quick spasms beyond the dining-room door. The loud foolish screaming of the maid, the answering chorus of wondering ejaculations from the kitchen region, the scuttering footsteps and hurried embassies for outside help, and then, after a lull, the scared sobbings and the shuffling tread of those who bore a heavy burden into the house.
“Whoever will break it to the poor child? I couldn't for the life of me!” exclaimed a shrill voice. And while they debated the matter among themselves, Conradin made himself another piece of toast.


sábado, 23 de septiembre de 2017

Samuel Taylor Coleridge y Juan Rodolfo Wilcock: Juventud y vejez

YOUTH AND AGE

Verse, a breeze mid blossoms straying, 
Where Hope clung feeding, like a bee— 
Both were mine! Life went a-maying 
With Nature, Hope, and Poesy, 
When I was young! 

When I was young?—Ah, woful When! 
Ah! for the change 'twixt Now and Then! 
This breathing house not built with hands, 
This body that does me grievous wrong, 
O'er aery cliffs and glittering sands, 
How lightly then it flashed along:— 
Like those trim skiffs, unknown of yore, 
On winding lakes and rivers wide, 
That ask no aid of sail or oar, 
That fear no spite of wind or tide! 
Nought cared this body for wind or weather 
When Youth and I lived in't together. 

Flowers are lovely; Love is flower-like; 
Friendship is a sheltering tree; 
O! the joys, that came down shower-like, 
Of Friendship, Love, and Liberty, 
Ere I was old! 
Ere I was old? Ah woful Ere, 
Which tells me, Youth's no longer here! 
O Youth! for years so many and sweet, 
'Tis known, that Thou and I were one, 
I'll think it but a fond conceit— 
It cannot be that Thou art gone! 

Thy vesper-bell hath not yet toll'd:— 
And thou wert aye a masker bold! 
What strange disguise hast now put on, 
To make believe, that thou are gone? 
I see these locks in silvery slips, 
This drooping gait, this altered size: 
But Spring-tide blossoms on thy lips, 
And tears take sunshine from thine eyes! 
Life is but thought: so think I will 
That Youth and I are house-mates still. 

Dew-drops are the gems of morning, 
But the tears of mournful eve! 
Where no hope is, life's a warning 
That only serves to make us grieve, 
When we are old: 
That only serves to make us grieve 
With oft and tedious taking-leave, 
Like some poor nigh-related guest, 
That may not rudely be dismist; 
Yet hath outstay'd his welcome while, 
And tells the jest without the smile.

JUVENTUD Y VEJEZ

La poesía, y una brisa que erraba entre flores donde la Esperanza, como una abeja, se demoraba y se nutría... ¡ambas fueron mías! Para mí, la vida era una fiesta, con la Naturaleza, la Esperanza y el Arte, cuando yo era joven.

¿Cuando yo era joven? ¡Ah, lamentable cuando! ¡Ah, si pudiera cambiar el presente por el antaño! Esta morada que no fue construida con las manos, este cuerpo que me hace sufrir tan cruelmente, ¡con qué ligereza atravesaba antaño las altas cumbres y las rutilantes arenas! Como esos modernos esquifes, otrora desconocidos, sobre los curvos lagos y los anchos ríos, que no requieren ayuda de velas ni de remos, que no temen vientos ni mareas. Poco le importaban a este cuerpo el viento o la tormenta, cuando en él convivíamos la juventud y yo.

Hermosas son las flores; el amor es como las flores; la amistad es como un árbol protector. ¡Oh los placeres de la Amistad, del Amor, y de la Libertad, cómo llovían sobre mí, antes de mi vejez!

¿Antes de mi vejez? ¡Oh lamentable antes, que me revela que la Juventud ya ha huido! ¡Oh juventud, sabido es que durante tantos y tan dulces años tú y yo éramos una sola persona! Prefiero creer que es un error; ¡no puede ser que te hayas ido! Aún no ha sonado para ti la víspera. Realmente, eras una alegre enmascarada. ¿Qué nuevo disfraz has vestido, para hacer creer que te has ido? Veo estos cabellos que caen en mechones plateados, esta espalda encorvada, esta forma alterada; pero la primavera florece en tus labios, y las lágrimas reflejan el sol de tu mirada. La vida es pensamiento; pensaré entonces que la Juventud y yo todavía estamos reunidos.

Las gotas de rocío son las gemas de la mañana, pero también son las lágrimas del melancólico atardecer. Donde no hay esperanza, la vida es una admonición que sólo sirve para hacernos sufrir, cuando somos viejos; que sólo sirve para hacernos sufrir con tediosos y repetidos adioses, como un pobre pariente en una fiesta, que se ha quedado demasiado tiempo, pero que no puede ser despedido de mal modo; y que trata de parecer alegre, pero ya no puede reír.

Traducción de JUAN RODOLFO WILCOCK.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Guillaume Apollinaire: El músico de Saint-Merry

EL MÚSICO DE SAINT-MERRY

Al fin tengo derecho a saludar a seres que no conozco
Delante de mí pasan y se acumulan a lo lejos
Mientras todo lo que veo me resulta desconocido
Y la esperanza de ellos no es menos fuerte que la mía

Yo no canto este mundo ni los otros astros
Canto todas las posibilidades de mí mismo fuera de este mundo y de los astros
Canto la alegría de vagabundear y el placer de morir haciéndolo

El 21 del mes de mayo de 1913
Barquero de difuntos y las muertezumbantes merritrices [1]
Millones de moscas abanicaban un esplendor
Cuando un hombre sin ojos sin nariz y sin orejas
Saliendo del Sebasto [2] entró en la rue Aubry-le-Boucher

Joven el hombre de pelo oscuro y de color de fresa en las mejillas
Hombre ¡Ah! Ariana
Tocaba la flauta y la música dirigía sus pasos
Se detuvo en la esquina de la rue Saint-Martin
Tocando la melodía que yo canto y que inventé
Las mujeres que pasaban se detenían cerca de él
Llegaban de todas partes
Cuando de pronto las campanas de Saint-Merry se pusieron a sonar
El músico dejó de tocar y bebió de la fuente
Que está en la esquina de la rue Simon-le-Franc
Luego calló Saint-Merry
El desconocido volvió a tocar su melodía en la flauta
Y volviendo sobre sus pasos caminó hasta la rue de la Verrerie
Por donde tomó seguido por la manada de las mujeres
Que salían de las casas
Que llegaban por las calles laterales con los ojos enloquecidos
Con las manos tendidas hacia el melodioso  secuestrador
Él se iba indiferente tocando su melodía 
Se iba terriblemente

Luego en otra parte
A qué hora saldrá un tren para París

En ese momento
Las palomas de las Molucas estercolaban las nueces moscadas
Al mismo tiempo
Qué hiciste con el escultor, misión católica de Boma

En otra parte
Ella cruza un puente que une Bonn a Beuel y desaparece en medio de Pützchen

En ese mismo instante
Una muchacha enamorada del alcalde

En otro barrio
Trata pues de rivalizar oh poeta con las etiquetas de los perfumistas

En suma oh burlones no han sacado ustedes gran cosa de los hombres
Y apenas si han extraído un poco de grasa de su miseria
Pero nosotros que nos morimos de vivir lejos el uno del otro
Tendemos los brazos y sobre esos rieles corre un largo tren de mercaderías

Tú llorabas sentada junto a mí en el fondo del fiacre
Y ahora
Te pareces a mí te pareces a mí desgraciadamente

Nos parecemos como en la arquitectura del siglo pasado
Esas altas chimeneas semejantes a torres

Ahora vamos más alto y ya no tocamos el suelo

Y mientras el mundo vivía y cambiaba
El cortejo de las mujeres largo como un día sin pan
Seguía por la rue de la Verrerie al músico feliz

Cortejos oh cortejos
Como antaño cuando el rey salía para Vincennes
Cuando los embajadores llegaban a París
Cuando el flaco Suger se apresuraba para llegar al Sena
Cuando el motín agonizaba alrededor de Saint-Merry

Cortejos oh cortejos
Estaba lleno de mujeres tan gran número había
En todas las calles vecinas
Y se apresuraban rápidas como balas
Para seguir al músico

¡Ah! Ariadna y tú Paquette y tú Amine
y tú Mia y tú Simone y tú Mavise
y tú Colette y tú la hermosa Geneviève
Todas pasaron temblorosas y vanas
y sus pasos ligeros y ágiles seguían la cadencia
De la música pastoral que guiaba
Sus ávidos oídos

El desconocido se detuvo un instante delante de una casa en venta
Casa abandonada
Con los vidrios rotos
Es una vivienda del siglo dieciséis
El patio sirve para guardar los coches de reparto
Fue allí que entró el músico
Su música al alejarse se volvió lánguida
Las mujeres lo siguieron a la casa abandonada
Y todas entraron sin orden ni concierto
Todas todas entraron sin volver la mirada
Sin lamentar  lo que dejaron
Lo que abandonaron
Sin lamentar la luz la vida la memoria
Pronto ya no quedó nadie en la rue de La Verrerie
Excepto yo mismo y un sacerdote de Saint-Merry
Ambos entramos en la misma casa

Pero a nadie encontramos allí

Cae la noche
Es el Ángelus que suena en Saint-Merry
Cortejos oh cortejos
Como antaño cuando el rey volvía de Vincennes
Llegó un grupo de vendedores de gorras
Llegaron vendedores de bananas
Llegaron soldados de la guardia republicana
Oh noche
Rebaño de miradas lánguidas de mujeres
Oh noche
Tú mi dolor y mi vana espera
Oigo morir el son de una flauta lejana
Traducción y notas, para Literatura & Traducciones, de  MiguelÁngel Frontán.

NOTA 1: Apollinaire acuña en este verso dos neologismos “mordonnantes mériennes”, nada transparentes, para referirse a las prostitutas que rondaban por los alrededores de la iglesia de Saint-Merry. El adjetivo “mordonnant” está constituido de “mort” (muerte) y “bourdonner” (zumbar), al mismo tiempo que evoca la muerte que se da (“donner”, dar). El sustantivo “mériennes” es una variación, por referencia al nombre del santo patrono de la iglesia del barrio,  de “péripatéticiennes” (peripatéticas), designación familiar de las prostitutas callejeras, equiparadas por el ingenio popular  francés con los discípulos de Aristóteles.
NOTA 2: “Le Sébasto”, designación popular parisina para referirse al Boulevard de Sébastopol.
  

LE MUSICIEN DE SAINT-MERRY

J’ai enfin le droit de saluer des êtres que je ne connais pas
Ils passent devant moi et s’accumulent au loin
Tandis que tout ce que j’en vois m’est inconnu
Et leur espoir n’est pas moins fort que le mien

Je ne chante pas ce monde ni les autres astres
Je chante toutes les possibilités de moi-même hors de ce monde et des astres
Je chante la joie d’errer et le plaisir d’en mourir

Le 21 du mois de mai 1913
Passeur des morts et les mordonnantes mériennes
Des millions de mouches éventaient une splendeur
Quand un homme sans yeux sans nez et sans oreilles
Quittant le Sébasto entra dans la rue Aubry-le-Boucher

Jeune l’homme était brun et de couleur de fraise sur les joues
Homme Ah! Ariane
Il jouait de la flûte et la musique dirigeait ses pas
Il s’arrêta au coin de la rue Saint-Martin
Jouant l’air que je chante et que j’ai inventé
Les femmes qui passaient s’arrêtaient près de lui
Il en venait de toutes parts
Lorsque tout à coup les cloches de Saint-Merry se mirent à sonner
Le musicien cessa de jouer et but à la fontaine
Qui se trouve au coin de la rue Simon-Le-Franc
Puis saint-Merry se tut
L’inconnu reprit son air de flûte
Et revenant sur ses pas marcha jusqu’à la rue de la Verrerie
Où il entra suivi par la troupe des femmes
Qui sortaient des maisons
Qui venaient par les rues traversières les yeux fous
Les mains tendues vers le mélodieux ravisseur
Il s’en allait indifférent jouant son air
Il s’en allait terriblement

Puis ailleurs
À quelle heure un train partira-t-il pour Paris

À ce moment
Les pigeons des Moluques fientaient des noix muscades
En même temps
Mission catholique de Bôma qu’as-tu fait du sculpteur

Ailleurs
Elle traverse un pont qui relie Bonn à Beuel et disparait à travers Pützchen

Au même instant
Une jeune fille amoureuse du maire

Dans un autre quartier
Rivalise donc poète avec les étiquettes des parfumeurs

En somme ô rieurs vous n’avez pas tiré grand-chose des hommes
Et à peine avez-vous extrait un peu de graisse de leur misère
Mais nous qui mourons de vivre loin l’un de l’autre
Tendons nos bras et sur ces rails roule un long train de marchandises

Tu pleurais assise près de moi au fond d’un fiacre
Et maintenant
Tu me ressembles tu me ressembles malheureusement

Nous nous ressemblons comme dans l’architecture du siècle dernier
Ces hautes cheminées pareilles à des tours

Nous allons plus haut maintenant et ne touchons plus le sol

Et tandis que le monde vivait et variait
Le cortège des femmes long comme un jour sans pain
Suivait dans la rue de la Verrerie l’heureux musicien

Cortèges ô cortèges
C’est quand jadis le roi s’en allait à Vincennes
Quand les ambassadeurs arrivaient à Paris
Quand le maigre Suger se hâtait vers la Seine
Quand l’émeute mourait autour de Saint-Merry

Cortèges ô cortèges
Les femmes débordaient tant leur nombres était grand
Dans toutes les rues avoisinantes
Et se hâtaient raides comme balle
Afin de suivre le musicien

Ah! Ariane et toi Pâquette et toi Amine
Et toi Mia et toi Simone et toi Mavise
Et toi Colette et toi la belle Geneviève
Elles ont passé tremblantes et vaines
Et leurs pas légers et prestes se mouvaient selon la cadence
De la musique pastorale qui guidait
Leurs oreilles avides

L’inconnu s’arrêta un moment devant une maison à vendre
Maison abandonnée
Aux vitres brisées
C’est un logis du seizième siècle
La cour sert de remise à des voitures de livraisons
C’est là qu’entra le musicien
Sa musique qui s’éloignait devint langoureuse
Les femmes le suivirent dans la maison abandonnée
Et toutes y entrèrent confondues en bande
Toutes toutes y entrèrent sans regarder derrière elles
Sans regretter ce qu’elles ont laissé
Ce qu’elles ont abandonné
Sans regretter le jour la vie et la mémoire
Il ne resta bientôt plus personne dans la rue de la Verrerie
Sinon moi-même et un prêtre de saint-Merry
Nous entrâmes dans la vieille maison

Mais nous n’y trouvâmes personne

Voici le soir
À Saint-Merry c’est l’Angélus qui sonne
Cortèges ô cortèges
C’est quand jadis le roi revenait de Vincennes
Il vint une troupe de casquettiers
Il vint des marchands de bananes
Il vint des soldats de la garde républicaine
Ô nuit
Troupeau de regards langoureux des femmes
Ô nuit
Toi ma douleur et mon attente vaine
J’entends mourir le son d’une flûte lointaine






miércoles, 20 de septiembre de 2017

Edith Sitwell y Silvina Ocampo: El coronel Fantock

COLONEL FANTOCK
To Osbert and Sacheverell.
Thus spoke the lady underneath the trees:
I was a member of a family
Whose legend was of hunting — (all the rare
And unattainable brightness of the air) —
A race whose fabled skill in falconry
Was used on the small song-birds and a winged
And blinded Destiny... I think that only
Winged ones know the highest eyrie is so lonely.

There in a land austere and elegant
The castle seemed an arabesque in music;
We moved in an hallucination born
Of silence, which like music gave us lotus
To eat, perfuming lips and our long eyelids
As we trailed over the sad summer grass
Or sat beneath a smooth and mournful tree.

And Time passed, suavely, imperceptibly.
But Dagobert and Peregrine and I
Were children then; we walked like shy gazelles
Among the music of the thin flower-bells.
And life still held some promise — never ask
Of what —, but life seemed less a stranger then
Than ever after in this cold existence.
I always was a little outside life —
And so the things we touch could comfort me;
I loved the shy dreams we could hear and see —,
For I was like one dead, like a small ghost,
A little cold air wandering and lost.

All day within the straw-roofed arabesque
Of the towered castle and the sleepy gardens wandered
We; those delicate paladins the waves
Told us fantastic legends that we pondered.
And the soft leaves were breasted like a dove,
Crooning old mournful tales of untrue love.

When night came sounding like the growth of trees,
My great-grandmother bent to say good night,
And the enchanted moonlight seemed transformed
Into the silvery tinkling of an old
And gentle music-box that played a tune
Of Circean enchantments and far seas,
Her voice was lulling like the splash of these.
When she had given me her good-night kiss
There, in her lengthened shadow, I saw this
Old military ghost with mayfly whiskers —
Poor harmless creature, blown by the cold wind,
Boasting of unseen unreal victories
To a harsh unbelieving world unkind —,
For all the battles that this warrior fought
Were with cold poverty and helpless age —
His spoils were shelters from the winter’s rage.
And so for ever through his braggart voice,
Through all that martial trumpet’s sound, his soul
Wept with a little sound so pitiful,
Knowing that he is outside life for ever
With no one that will warm or comfort him...
He is not even dead, but Death’s buffoon
On a bare stage, a shrunken pantaloon.
His military banner never fell,
Nor his account of victories, the stories
Of old apocryphal misfortunes, glories
Which comforted his heart in later life
When he was the Napoleon of the schoolroom
And all the victories he gained were over
Little boys who would not learn to spell.

All day within the sweet and ancient gardens
He had my childish self for audience —
Whose body flat and strange, whose pale straight hair
Made me appear as though I had been drowned —
(We all have the remote air of a legend) —
And Dagobert my brother whose large strength,
Great body and grave beauty still reflect
The Angevin dead kings from whom we spring;
And sweet as the young tender winds that stir
In thickest when the earliest flower-bells sing
Upon the boughs, was his just character;
And Peregrine the youngest with a naïve
Shy grace like a faun’s, whose slant eyes seemed
The warm green light beneath eternal boughs.
His hair was like the fronds of feathers, life
In him was changing ever, springing fresh
As the dark songs of birds... the furry warmth
And purring sound of fires was in his voice
Which never failed to warm and comfort me.

And there were haunted summers in Troy Park
When all the stillness budded into leaves;
We listened, like Ophelia drowned in blond
And fluid hair, beneath stag-antlered trees;
Then in the ancient park the country-pleasant
Shadows fell as brown as any pheasant,
And Colonel Fantock seemed like one of these.
Sometimes for comfort in the castle kitchen
He drowsed, where with a sweet and velvet lip
The snapdragons within the fire
Of their red summer never tire.
And Colonel Fantock liked our company.
For us he wandered over each old lie,
Changing the flowering hawthorn full of bees
Into the silver helm of Hercules.
For us defended Troy from the top stair
Outside the nursery, when the calm full moon
Was like the sound within the growth of trees.

But then came one cruel day in deepest June
When pink flowers seemed a sweet Mozartian tune
And Colonel Fantock pondered o’er a book.
A gay voice like a honeysuckle nook —
So sweet — said, “It is Colonel Fantock’s age
Which makes him babble.” ... Blown by winter’s rage
The poor old man then knew his creeping fate,
The darkening shadow that would take his sight
And hearing; and he thought of his saved pence
Which scarce would rent a grave... that youthful voice
Was a dark bell which ever clanged “Too late” —
A creeping shadow that would steal from him
Even the little boys who would not spell —
His only prisoners... On that June day
Cold Death had taken his first citadel.



EL CORONEL FANTOCK


A Osbert y Sacheverell.

Debajo de los árboles así habló la señora:
Yo pertenecía a una familia
cuyas leyendas eran de cacerías (de todas las extrañas
inalcanzables luminosidades del aire),
a una raza cuya encomiada destreza en cetrería
se ejercitaba en los pájaros cantores y en un alado
y ciego destino... yo creo que sólo
los seres alados conocen la soledad de los más altos nidos.

Allí, en una tierra austera y elegante,
el castillo parecía un arabesco musical;
nos movíamos en alucinaciones nacidas
del silencio, que nos alimentaban como la música de loto
perfumando nuestros labios y nuestras largas pestañas
mientras vagábamos por los tristes pastos del verano
o nos sentábamos debajo de un árbol liso y quejumbroso.

Pasaba el tiempo, suavemente, imperceptiblemente.
Pero Dagoberto, Peregrino y yo
éramos entonces niños; nos perdíamos como tímidas gacelas
entre la música de las finas campánulas.
Y la vida aún conservaba alguna promesa —no me pregunten
qué promesa—, pues la vida parecía menos extraña entonces
que después, a lo largo de la fría existencia.
Yo siempre estaba un poco fuera de la vida,
las cosas que tocábamos me reconfortaban;
yo amaba los tímidos sueños que podíamos oír y ver,
estaba como alguien que está muerto, como un pequeño fantasma,
apenas como una ráfaga de aire frío, errante y perdida.

Todo el día dentro de las habitaciones techadas de arabescos
de las torres del castillo y en el jardín dormido vagábamos;
y esos delicados paladines, las olas,
nos contaban fantásticas leyendas que nos seducían.
Las suaves hojas con pechos de palomas
arrullaban antiguos y tristes cuentos de un falaz amor.

Cuando caía la noche, sonora como el crecimiento de los árboles,
mi bisabuela se inclinaba para darme las buenas noches,
y la mágica luz de la luna parecía transformarse
en el plateado tintineo de una antigua
y suave caja de música con melodías
de encantos circeanos y lejanos mares;
su voz era arrulladora como estos rumores.
Cuando me daba con un beso las buenas noches,
allí, en su alargada sombra, yo veía
un viejo fantasma militar con bigotes de insecto —
pobre e inofensiva criatura, llevada por el frío viento,
jactándose de invisibles, irreales victorias
en un áspero y descreído mundo despiadado —,
pues todas las batallas, este guerrero
las libraba contra la pobreza helada y la desvalida vejez,
los refugios contra las furias del invierno eran su único botín.
Y de ese modo para siempre a través de su voz jactanciosa,
a través de todo ese sonido de marciales clarines, su alma
lloraba con un sonido lastimero,
sabiendo que estaba fuera de la vida para siempre
y que nadie acudiría a consolarla...
No estaba ni siquiera muerto, era un bufón de la muerte
en un escenario desierto, un encogido arlequín.
Su estandarte militar jamás cayó,
ni los relatos de sus triunfos, ni las historias
de antiguas y apócrifas desventuras, ni las glorias
que reanimaron su corazón más tarde en la vida
cuando fue el Napoleón de las clases
y obtenía todas sus victorias sobre los niños que no sabían leer.

Todo el día en los dulces y antiguos jardines
su auditorio era mi infantil persona
cuyo extraño y liso cuerpo, cuyos lacios cabellos pálidos
me asemejaban a los ahogados —
(todos teníamos el aspecto remoto de una leyenda) —
y Dagoberto mi hermano cuya gran fuerza
y ancho cuerpo y belleza grave, que aún refleja
los Angevinos reyes muertos de quienes descendemos,
cuyo carácter justo era dulce como los jóvenes
tiernos vientos que estremecen la maleza
cuando las nacientes campánulas cantan en las ramas;
y Peregrino el más joven con su ingenua
tímida gracia de Fauno, cuyos oblicuos ojos parecían
la cálida luz verde debajo de eternos follajes.
Sus cabellos eran como frondas de plumas, la vida
en él era siempre cambiante, surgía fresca
como el canto de los pájaros... El calor de pieles
y el murmullo de llamas en su voz
jamás dejó de abrigarme y de alentarme.

Fantasmas frecuentaban los veranos del Parque Troya
cuando toda la quietud florecía en hojas;
escuchábamos como Ofelia anegados en blondas
y fluidas cabelleras, debajo de árboles con astas de ciervos;
y en el antiguo parque las amables campesinas
sombras pardas caían como los faisanes,
y el Coronel Fantock se asemejaba a ellos.
Algunas veces para su comodidad en la cocina del castillo
dormitaba, junto al fuego donde el antirrino
con un dulce y aterciopelado labio
nunca se cansa de su rojo verano.
El Coronel Fantock amaba nuestra compañía;
para nosotros se demoraba en cada antigua mentira,
transformando el florecido espino cubierto de abejas,
en el plateado yelmo de Hércules,
para nosotros defendía Troya subido en la escalera
lejos del cuarto de juguetes, cuando la luna en calma
era como el sonido del crecimiento de los árboles.

Mas sobrevino un día cruel en pleno junio,
cuando juntar flores rosadas parecía una armonía mozartiana,
y el Coronel Fantock meditaba sobre un libro.
Una voz alegre como una gruta de madreselvas —
muy dulce — dijo: “Es la vejez del Coronel Fantock,
que lo hace balbucear”. ... Llevado por las furias del invierno
el pobre anciano conoció entonces su furtivo destino,
la oscurecida sombra que le robaría la vista
y el oído; y pensó en las monedas ahorradas
que apenas le pagarían una tumba... Esa voz juvenil
era una oscura campana invariable “demasiado tarde” —
una sombra que arrastrándose le robaría
hasta los niños que no sabían escribir,
sus únicos prisioneros... En ese día de junio
la fría muerte tomó su primera ciudadela.


Traducción de SILVINA OCAMPO.
Revista Sur, julio-octubre de 1947, año XVI.